¿Hasta cuándo?

foto: piura nostalgia. jorge luis flores gandelman

Mi primo el Coco Flores

Guillermo Flores Ruidías, el Coco para la familia y los amigos, es de esos piuranos que son la huella viva de aquel Piura que empezó a extinguirse en los años 70s del siglo pasado.

Publicado: 2014-04-30

La vieja casona familiar del siglo XIX al lado del río y del Puente Viejo, blanca como todas las casas de Piura en aquella época, desapareció con El Niño de 1983. El río la arrasó como metáfora del fin de un tiempo en que los cambios sociales y naturales transformaron la región, generaron la diáspora de su ex-clase dirigente y guardó anónimos a sus sobrevivientes en algunas casas de la ciudad.

El Coco era el único de la familia que tocaba el piano “de oído”, su madre -mi tía Jael-, la tía Elsa, y sus hermanas la Cecilia y la Eliana tocaban académica y muy elegantemente. El Juan y el Mario eran de tocar la guitarra. El Quique, el Lalo y la Mariella fueron los trágicamente desorejados y destemplados en una familia donde predominaba el espíritu de la música. Pero según la Jael, el Coco “no sabía tocar el piano”, no guardaba la estética de las manos que todo buen pianista educado debería cultivar y además no sabía leer el pentagrama. 

En esa época pre-televisión (1963), en Piura se celebraban veladas literario-musicales en las casas. Recuerdo la escenificación de algunos pasajes de la zarzuela “La del Soto del Parral” justamente en el enorme salón de la casona. Las cantantes –entre ellas mi madre, “la Mona”, que era soprano- fueron las señoras que cantaban en el coro de la iglesia de San Francisco con el nombre de “Las Alondras”, dirigidas por Doña Elsa. Entre los personajes masculinos estuvo Juan, el mayor.

Así fue el ambiente familiar, social y artístico en que este ingeniero nuclear (formado en Argentina, ex funcionario del Instituto Peruano de Energía Nuclear, ex Yanacocha) se educó y del que no se pudo librar como destino. Marcado como piurano de viejo cuño que, como las cabras, “volvió pa tirar pa’l monte”, compró una chacra –ya no podemos decir “hacienda”- en Tambogrande, junto con el Lalo y el Mario y, por otro lado, volvió también a la música. Rescató de las aguas y del tiempo el viejo piano materno, el mismo en el que de niño aprendí a leer el pentagrama bajo la batuta exigente de mi tía Jael.

Un corto viaje a Piura me permitió reencontrarlo y grabarlo improvisadamente, interpretó algunas canciones muy a su estilo y con un repertorio mayormente mexicano, porque la mejicanada era una forma de ser piurano.


Escrito por

Jorge Delgado

Cineasta y productor cultural. Autodidacta. Liberal republicano. Piurano. Amante del país.


Publicado en

El piajeno

Un espacio que busca contribuir a la reflexión y a la discusión de las ideas y prácticas que se dan en mi sociedad, la peruana.