vade retro, congresista

HIPÓLITO UNANUE CON LA INSIGNIA DE LA ORDEN DEL SOL, POR JOSÉ GIL DE CASTRO.

De cómo Hipólito Unanue devino en falso prócer y esclavista

Publicado: 2019-07-24

Carmen McEvoy publicó en su columna de El Comercio, de el 14 pasado, una remembranza de nuestros ilustrados, que desde antes de la llegada de los ejércitos extranjeros combatieron con el pensamiento y la acción por nuestra emancipación y la creación de un Perú nuevo con las ideas revolucionarias de entonces, que dieron origen a la independencia de los EEUU, la Revolución Francesa, el liberalismo en Inglaterra y las Cortes de Cádiz en España.

El Perú, que ya existía como nación desde antes de la república, con sus diversas formas de verla según sus territorios y sus culturas, tenía en esta elite intelectual una visión de su futuro y que ha sido el que heredamos.

En este artículo McEvoy hace referencia a algunos de ellos, Sánchez Carrión, Lorenzo de Vidaurre y especialmente, de Hipólito Unanue. En la semblanza que realizó encontré una valoración del sabio similar a la de Jorge Basadre, que entre otras muchas cosas escribió: “Simboliza Unanue, fundamentalmente, la realidad, por algunos desconocida, de que el Perú existe desde antes de la independencia y marca un sentido de continuidad entre las dos épocas; sin que ello implique afrenta ni desdoro, sino, antes bien, honra y prestigio”.

Más adelante añadió: “Unanue se queda y se queda para hacer cosas, para cumplir una misión, para ayudar a nacer a la Patria soberana. Y no porque sienta la sensualidad de la política, o la esperanza de goces y prebendas, ni porque su temperamento sea de torrencial activismo, tortuosa ambición o histriónica audacia. Por el contrario, se trata de un hombre sereno reflexivo, honrado, bondadoso. En primer lugar, ocurre que se le llama; él no busca las situaciones de comando o responsabilidad sino ellas llegan hasta él con natural, obligada secuencia”.

En su columna, Carmen McEvoy compara, con todo el peso del lastre histórico, a los políticos íntegros de la fundación de nuestra república con los políticos de hoy: “Cuando veo con tristeza lo bajo que ha caído la política peruana y la pobreza intelectual y moral de los llamados “padres de la patria”, vuelvo a las obras y al ejemplo de vida de nuestros ilustrados. Inimaginable un Hipólito Unanue con orden de captura internacional por cobrar millones de dólares en comisiones o a un Faustino Sánchez Carrión haciendo lobby o blindando a delincuentes. Lo que ellos más bien hicieron fue pensar en el Perú, colaborando no solo en acrecentar su buen nombre sino ideando maneras de fortalecer su sistema institucional”.

Esto parece que no gustó en ciertos, pequeños pero ruidosos, círculos de intelectuales y académicos –principalmente de la PUCP- que arremetieron contra la historiadora utilizando a Unanue como campo de batalla, desprestigiando al prócer y de esta manera descalificando a McEvoy por ponerlo de ejemplo.

Quien inicia lo que sería viral en el Facebook de un cierto sector social, ha sido el historiador José Carlos de la Puente, profesor asociado de historia en la Universidad de Texas, quien el mismo 14 de julio publicó en su muro:

“Leí la acostumbrada columna dominical de la profesora Carmen McEvoy en El Comercio (“Los ilustrados”) y me vino inmediatamente a la mente un dato que, por razones misteriosas, he retenido desde que, en el pregrado en Historia de la PUCP, leí “La deuda defraudada”, de Alfonso Quiroz: con casi un centenar de esclavos, los descendientes de Hipólito Unanue estuvieron entre los principales indemnizados por el decreto de manumisión de esclavos de 1855. A la evocadora escena citada por McEvoy—las “plácidas caminatas” del anciano Unanue, alejado ya de la vida pública y acompañado del ex presidente chileno Bernardo O’Higgins, “con el atardecer cañetano sobre sus sienes”—se podría agregar esta otra, de similar poder evocador y de la pluma de uno de sus descendientes: “Por las noches, después de la comida, [Unanue] rezaba el Rosario, y en los días de fiesta, la capilla de San Juan de Arona se engalanaba con un coro de esclavos negros de la hacienda, que entonaban las letanías y los salmos, siendo acompañados por un organista igualmente esclavo”. Y es que el Unanue tribuno, prohombre e ilustrado que nos presenta McEvoy era también el hacendado de significativa fortuna cuya apacible vida en el fundo del valle de Cañete que llevaría su nombre, rodeado de su familia, reposaba, en gran medida, en el trabajo esclavo de todas esas otras familias, por cuya libertad José Unanue tendría la desfachatez de cobrar, como cosa propia, casi 25,000 pesos en 1855 (Demetrio O’Higgins cobró una suma similar por 83 esclavos declarados en el papel).

En efecto, como señala Quiroz en un libro subsecuente, hacendados como los Unanue no dudaron en cobrar un total de casi 8 millones de pesos del erario nacional como compensación por la pérdida de su “propiedad” humana, un proceso que, como advierte el mismo historiador, “estuvo cargado de favoritismo [y] plagado de inexactitudes, especulación y reclamos exagerados o abiertamente fraudulentos”. El propio Unanue se quejaría en su memoria testamentaria de 1833 de que las guerras de Independencia habían “arruinado” las referidas haciendas cañetanas “con la extracción de esclavos para soldados” (el dato proviene del libro de Ricardo Álvarez, disponible en línea).

Algunos me dirán que Unanue fue un hombre de su tiempo y que así hay que comprenderlo. Ése es precisamente el punto. No es que el “sabio” Unanue de McEvoy sea menos real o histórico que el que describo. Por el contrario, el mismo personaje que, según McEvoy, “dignificó y elevó el nombre del Perú” con su servicio público, un hombre tan preocupado por el Estado, las instituciones y la posteridad, no parecía percibir la contradicción inherente al acto de declararse en deuda con la Ilustración y, a la vez, negar uno de sus principios fundamentales—la libertad—a miles de seres humanos en un Perú en el que supuestamente todos seríamos libres. Ése es también el contradictorio legado de los “ilustrados” sobre quienes escribe McEvoy. ¿Qué habrían pensado esos hombres y mujeres esclavizados en la Hacienda Arona si, merced a una imaginaria bola de cristal, hubiesen podido ver que, 165 años después, los historiadores estaríamos celebrando a sus amos ilustrados por su civismo y “su sentido de transcendencia y belleza”? Es obligación de los historiadores ir más allá de las evocaciones nostálgicas de estos “padres de la patria” para tratar de rescatar esas otras voces y sus experiencias también. De la misma forma, es nuestra obligación explicar el rol que les cupo a personajes como Unanue, Vidaurre o Sánchez Carrión, y a los de su clase, en la forja del Perú de injusticias y desigualdades del siglo XIX. Lo contrario es claudicar ante nuestra principal responsabilidad para con el resto de la sociedad. Si de Historia se trata, sólo construiremos ciudadanía desde una actitud crítica hacia nuestro pasado. La Historia se extingue, en cambio, allí donde ya no somos capaces de contrastar discursos con prácticas”.

El texto estaba acompañado de esta foto del Archivo Courret -parece que de los años de la invasión chilena- y que sirvió para ilustrar “cómo había sido la relación del prócer con sus esclavos”.

archivo courret

La evidente y flagrante confusión en el texto del Dr. de la Puente, entre Hipólito y su hijo José, en la venta de sus esclavos al estado peruano para darles la libertad, originó una gran discusión acerca de Unanue, la esclavitud, la corrupción y el benévolo e impropio trato que McEvoy hace del “prócer esclavista”. No sé cómo la historiadora habrá tomado esta crítica, si se habrá enterado y si responderá a ésta. Eso es asunto de ella, pero en lo referente a Hipólito Unanue, a todos los peruanos sí nos concierne y por ello estoy publicando esta crónica de los tiempos del Facebook, tratando de limpiar su nombre.

Cuando nuestro héroe llega a Lima es protegido por la familia de la nobleza criolla de Don Agustín Hipólito de Landaburu y Pérez de Ribera y su esposa Doña Mariana de Belzunce y Salazar, condesa viuda de Casa Dávalos, esto facilitó su introducción a la élite aristocrática virreinal y su ingreso a la Real y Pontificia Universidad de San Marcos. Hipólito perdió a su padre poco tiempo después de nacer y no tuvo fortuna familiar, su sapiencia y calidad humana le abrieron las puertas de la cerrada sociedad limeña y del poder gubernamental, desde los virreyes hasta San Martín y Bolivar. Paralelamente, así como Hipólito se convirtió en un político intelectual, fue un científico de la medicina, un miembro reconocido de sociedades científicas europeas como la “Real Academia Médica de Madrid, la Academia de Ciencias de Baviera, la Academia Linneana de París y Academias Filosóficas de Filadelfia y Nueva York”. En 1816 fue incorporado por la Real Academia de Ciencias de Munich. Mantuvo también correspondencia con importantes científicos europeos y estadounidenses. Esa formación y experiencia le permitieron impulsar la modernización de las instituciones médicas del virreinato y la creación del Anfiteatro Anatómico y la Escuela de Medicina donde fue profesor.

Él hereda la hacienda de los Landaburu y es allá donde acude para su retiro. Nada me hace pensar que el médico, profesor y hombre entregado a la docencia y a servir a la gente fuera diferente con los esclavos de la hacienda. Pasados los 60 años la gente ya no cambia, profundiza sus cualidades y defectos, es por ello que creo que él en Cañete atendió a los enfermos de su hacienda y haciendas vecinas con el mismo sentido de humanidad que demostró en su vida pública como médico y como hombre de estado.

Que su hijo José le salió calabaza y actuó de manera diferente a él en su forma de vida, no es de extrañar y no se le puede responsabilizar por los actos de éste. De la misma manera que los padres de nuestros últimos presidentes no tienen responsabilidad de los delitos de corrupción y villanías de los hijos. 

Alfonso W. Quiroz es citado para “demostrar la corrupción de Unanue”, sin embargo se obvia el juicio que hace sobre él, específicamente de su rol durante el gobierno de Bolívar en el contexto del saqueo y expropiaciones que hicieron los militares para financiar las campañas y su riqueza personal. Quiroz apunta: “Hipólito Unanue, el ministro de Hacienda de Bolívar, y José de Larrea y Loredo, su sucesor, manifestaron preocupación por los excesos y el caos fiscal atribuidos a Gamarra y otras autoridades de provincias”. (Pág. 105. Historia de la corrupción en el Perú. IEP-IDL). Explícitamente excluye a Unanue de los actos de corrupción y lo cita como ejemplo de decencia. ¿Por qué continuó en el gobierno?. Cito a Basadre nuevamente: “Continuó al lado de Bolívar durante casi dos años después de Ayacucho porque le obsesionaba la idea de conservar y consolidar la paz” y añade: “Quien anhelara un Perú libre de la dominación española tenía que estar con Bolívar”.

Si de herencia familiar se trata habría que dedicarle unas líneas a su hija Francisca, a quien el sabio educó directamente y que dicen que se casó con Pedro Paz Soldán y Ureta “porque tenía una gran biblioteca”. Ellos serían los padres de Pedro Manuel Nicolás Paz Soldán y Unanue, el poeta y periodista que firmó como Juan de Arona y se le reconoce como fundador de la lexicografía peruana con su Diccionario de peruanismos. La descendencia de Unanue llega en nuestro tiempo al caviar Diego García Sayán Larrabure y al franquista Juan Luis Cipriani Thorne. ¿Se le puede acusar de esto a Hipólito?.

Volviendo a nuestro ilustre historiador en Texas, su texto encontró una rápida acogida entre un sector de coleguitas y académicos de la PUCP que, como chispa encendió la pradera feisbukiana, con los likes y compartidos amicales para mostrar la preocupación que existe acerca de la esclavitud –un capítulo de nuestra Historia del cual ciertamente se ha hablado poco-, la grave ignorancia acerca de la vida y obra de los fundadores de la república y la liviandad que puede existir en un medio intelectual del cual uno esperaría más rigor y prudencia en el juicio y la aseveración. Encuentro que entre muchos peruanos persiste una clara ausencia de identidad, de desubicación, con respecto a nuestra Historia y a los valores liberales, republicanos, que fundamentan los valores de nuestra democracia.

Ocurrió algo extraño en el devenir de esta publicación. El “compartido” en el grupo “Antiguas haciendas de Lima” por la arquitecta Dafna Frenk –quien ha tomado magníficas fotos del Castillo Unanue- desapareció, fue eliminado, como borrados también los comentarios en su muro. En el primero se realizó una magnífica polémica que, entre otras, logré rescatar una respuesta del Dr. de la Puente a Rosa María Gastañeta Alayza, ante un muro cerrado a la intervención él le contesta: “Lo que no puedes hacer es obligarme a leer tu opinión en mi muro”. Lo cual l.q.q.d. es que nuestro historiador teme ser encarado públicamente, seguramente porque ya se dio cuenta que metió las cuatro con sus afirmaciones y teme del ridículo en las aulas de Pando, más aún estando tan lejos, tan cerca.

Para no hacerla más larga de lo que ya está esta semblanza de la vida cotidiana en las redes sociales, voy a publicar los diálogos y polémicas generadas para que usted, amiga lectora, amigo lector, juzgue por sí mismo y no se deje manipular por este escribiente admirador del prócer Don Hipólito Unanue y Pavón.

Estas son las respuestas al post del Dr. de la Puente. Las más importantes y valiosas las de Irma del Aguila, contundentes.

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Del Muro de Carla Sagástegui:

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Para culminar vuelvo a Basadre: “Vive peligrosamente, alimentado por la nativa sanidad de sus instintos por su capacidad de trabajo, por su saber. No es alarde vano cuando dice: "Cuántos disgustos y contrariedades han oprimido mi alma, cuántos peligros han amenazado mi existencia". Y agrega: "Los hombres, algunos hombres son más peligrosos y dañinos que la Naturaleza".

Y como si su época estuviera detenida en el tiempo, para algunos peruanos de hoy como de ayer: “En la paz de su hacienda de Cañete, rodeado del olvido y de la ingratitud, vivió hasta 1833”. JB.


Escrito por

Jorge Delgado

Cineasta y productor cultural. Autodidacta. Liberal republicano. Piurano. Amante del país.


Publicado en

El piajeno

Un espacio que busca contribuir a la reflexión y a la discusión de las ideas y prácticas que se dan en mi sociedad, la peruana.